Los medicamentos son originalmente sustancias de origen animal, mineral o vegetal que se utilizan para aliviar o curar enfermedades. Cada medicamento presenta unas indicaciones y criterios concretos para su administración. Todos los medicamentos tienen su perfil de seguridad así como un porcentaje variable de efectos adversos o, dicho de otra forma, efectos no deseables. No obstante, unos son más peligrosos que otros, bien sea debido a su especificidad, sus características, o por su pureza, acción, etc. Pero en cualquier caso es importante seguir siempre unas normas dirigidas al buen uso de los medicamentos.
Los medicamentos son activos y eficaces si se toman en unas dosis concretas. El médico, cuando aconseja un medicamento, está pensando en conseguir un efecto determinado sobre la dolencia o enfermedad. Si no se siguen estrictamente las indicaciones del médico, puede que el medicamento no haga el efecto deseado o incluso sea perjudicial para la salud.
Siempre que se acuda a una visita médica o centro sanitario, hay que informar al médico de los medicamentos que se están tomando; así se evitarán duplicidades o posibles interacciones entre ellos. Lo importante y básico es tener información de lo que estamos tomando.
Los medicamentos deben utilizarse con precaución y siempre bajo la supervisión de un médico o farmacéutico.
Deben guardarse sólo aquellos medicamentos que se conocen o que se utilizan habitualmente para el tratamiento de la propia enfermedad o de síndromes menores, y que el médico o farmacéutico han prescrito. No se debe aconsejar nunca el uso de medicamentos a otras personas. No debe exponerse a un riesgo innecesario a otras personas aconsejándoles la administración de un medicamento. No todos somos iguales y cada organismo puede tener reacciones distintas. Todos los medicamentos tienen efectos adversos, algunos son peligrosos y pueden perjudicar la salud de otros.